DUDA

¿Por qué tienes ojeras esta tarde?
¿Dónde estabas, amor, de madrugada,
cuando busqué tu palidez cobarde
en la nieve sin sol de la almohada?

Tienes la línea de los labios fría,
fría por algún beso mal pagado;
beso que yo no sé quién te daría,
pero que estoy seguro que te han dado.


¿Qué terciopelo negro te amorena
el perfil de tus ojos de buen trigo?
¿Qué azul de vena o mapa te condena

al látigo de miel de mi castigo?
¿Y por qué me causaste este pena
si sabes, ¡ay, amor!, que soy tu amigo?

Rafael de León

ENCUENTRO

Me tropecé contigo en primavera,
una tarde de sol delgada y fina,
y fuiste en mi espalda enredadera
y en mi cintura, lazo y serpentina.

Me diste la blandura de tu cera
y yo te di las sal de mi salina.
Y navegamos juntos, sin bandera,
por el mar de la rosa y de la espina.

Y después, a morir, a ser dos ríos
sin adelfas, oscuros y vacíos,
para la boca torpe de la gente…

Y por detrás, dos lunas, dos espadas,
dos cinturas, dos bocas enlazadas
y dos arcos de amor de un mismo puente.

Rafael de León

CENTINELA DE AMOR

Te puse tras la tapia de mi frente
para tenerte así mejor guardado
y te velé, ¡ay, amor!, diariamente
con bayoneta y casco de soldado.

Te quise tanto, tanto, que la gente
me señalaba igual que a un apestado;
¡pero qué feliz era sobre el puente
de tu amor, oh, mi río desbordado!


Un día me dijiste: -No te quiero…
y mi tapia de vidrios y de acero
a tu voz vino al suelo en un escombro.

La saliva en mi boca se hizo nieve,
y me morí como un jacinto breve
apoyado en la rosa de tu hombro

Rafael de León

LLUVIA

¡Te quiero!, me dijiste,
y la flor de tu mano
puso un arpegio triste
sobre el viejo piano.

(En la ventana oscura
la lluvia sonreía…
Tamboril de dulzura.
Gong de monotonía).



-¿Me querrás tú lo mismo?
Y en tu voz apagada
hubo un dulce lirismo
de magnolia tronchada.

(La lluvia proseguía
llorando en los cristales…
Cortina de agonía.
Guadaña de rosales).

-¡Para toda la vida!,
te dije sonriente.
Y una estrella encendida
te iluminó la frente.

(La lluvia proseguía
llamando en la ventana
con una melodía
antigua de pavana).

Después, casi llorando,
yo te dije: ¡Te quiero!
Y me quedé mirando
tus pupilas de acero.

-¡Para toda la vida!
dijiste sonriente,
y una duda escondida
me atravesó la frente.

(En la ventana oscura
la lluvia proseguía
rimando su amargura
con la amargura mía).

Rafael de León

MUERTO DE AMOR

No lo sabe mi brazo, ni mi pierna,
ni el hilo de mi voz, ni mi cintura,
ni lo sabe la luna que está interna
en mi jardín de amor y calentura.

Y yo estoy muerto, sí, como una tierna
rosa, o una gacela en la llanura,
como un agua redonda en la cisterna
o un perro de amarilla dentadura.

Y hoy que es Corpus, Señor, he paseado
mi cadáver de amor iluminado,
como un espantapájaros siniestro.

La gente, sin asombro, me ha mirado
y ninguno el sombrero se ha quitado
para rezarme un triste Padrenuestro.

Rafael de León

NECESITO DE TI

Necesito de ti, de tu presencia,
de tu alegre locura enamorada.
No soporto que agobie mi morada
la penumbra sin labios de tu ausencia.

Necesito de ti, de tu clemencia,
de la furia de luz de tu mirada;
esa roja y tremenda llamarada
que me impones, amor, de penitencia.



Necesito tus riendas de cordura
y aunque a veces tu orgullo me tortura
de mi puesto de amante no dimito.

Necesito la miel de tu ternura,
el metal de tu voz, tu calentura.
Necesito de ti, te necesito.

Rafael de León

PULSO DE AMOR

Iba convaleciente
de una herida de amor en el costado;
iba casi inconsciente
cuando te vi a mi lado
y hasta el pulso por ti se me ha parado…

Buscaba mi cintura
un brazo que de noche la ciñera,
ansiaba con locura,
un labio que se uniera
a mi boca cansada por la espera…

Buscaba un hombro amigo
en donde reposar la madrugada
y un tibio olor a trigo,
una mano apretada
y el divino calor de una mirada.

Estaba tan vacía,
tan harta de soñar y tan sin sueño,
tan lejana y tan fría,
tan libre y tan sin dueño,
que tan sólo morir era mi empeño…

Por lo cual, asombrada,
me quedé contemplando al mediodía
tu figura delgada,
tu suave armonía
y tu casi perfecta geometría.

Alegres nos miramos
en la tarde morada de violetas
y después caminamos
por plazas recoletas
salpicadas de rejas y macetas.

Y de noche temblando,
perdida entre la niebla de tu viento,
me bebí suspirando
la menta de tu aliento,
en un beso apretado, dulce y lento…

¡Qué espesa la saliva!…
¡Qué lejano el ruido de la calle!…
Y el labio como iba
-mariposa en el valle
de la espalda- … buscando el fino talle…

Se desbocó en mi frente
el pulso como un perro malherido
y paralelamente,
te sentí, en un gemido,
doblarte en mi garganta sin ruido.

Y después… la almohada,
pesarosa del rizo y la postura
y la sábana helada,
-mortaja de blancura-
plisándose sin voz a mi cintura

Rafael de León

KASIDA DE LAS MANOS

Como una rosa,
como una almendra,
¡ay, amor de mis amores!,
quisiera ser de pequeña
para caber en tu mano
entera.

Tuya, para siempre tuya,
de los pies a la cabeza,
dentro de tu mano amante
y en tu pulso prisionera.



¡Ese adiós, cuando me voy,
esa caricia de seda,
ese amparo de tus manos
como dos alas abiertas!…

¡Qué dos montones de trigo,
qué dos palomas morenas,
qué dos almohadas vivas
para un sueño sin estrellas!…
¡Cómo me siento segura
viendo latir tus muñecas!…

¡Ay, si yo pudiera, amante,
amante, si yo pudiera,
en la palma de tu mano
dejaría mi cabeza
decapitada y sin voz,
y moriría contenta
como una rosa sin tallo
puesta sobre una bandeja!…

Rafael de León

KASICA DE LOS OJOS

Cuando iba por el zoco
murmurando: es ciega.
Y era verdad. Marchaba
como si fuese a tientas.

El sol de la mañana
era miel en las piedras,
y en la cal del aljibe
y en la blanca azotea.



En las tapias había
sangre de rosas tiernas,
y entre las rejas, lunas
de jazmines y adelfas.

Presentía bancales
cargados de alhucema,
pero no podía verlos,
pues iba herida y ciega.

Y es que dejé los ojos,
¡ay, pena de mi pena!…
Y es que dejé tus ojos
en la almohada fresca
durmiendo un sueño verde
de albahaca y de menta.

Y al salir a la calle,
entornado la puerta,
no me acordé, mi amado,
de que iba herida y ciega.

Rafael de León

HORA

¡Me acordaré de ti
todas las noches a las once!…

En la plaza sin luna de tu ausencia
pronunciaré tu nombre
con el mismo temblor del primer día
todas las noches, a las once!…



Y aunque esté en un café, o en un teatro
o en un duelo, sin que nadie me importe,
te llamaré -subasta de mi pena-
todas las noches a las once…

Y si la gente -¡qué importa la gente!-
no sabe, no comprende, no conoce
lo que es el amor, que aprenda de mis labios
todas las noches a las once…

Que cariño que no es nube, ni melindre,
sino sangre, canción, olvido y monte…
Se quiere así, gritándolo a los vientos,
todas las noches a las once…

Y un día llegará -que Dios me oiga!-
que cuando vaya a pronunciar tu nombre,
tú estés bajo la lluvia de mis besos
a las diez, a las once y a las doce.

Rafael de León