CELOS

Ya solo eres aquella
que tiene la costumbre de ser bella.
Ya pasó la embriaguez.
Pero no olvido aquel deslumbramiento,
aquella gloria del primer momento,
al ver tus ojos por primera vez
Y se que, aunque quisiera,
no he de volverte a ver de esa manera.
Como aquel instante de embriaguez;
y siento celos al pensar que un día,
alguien, que no te ha visto todavía,
verá tus ojos por primera vez.

CELOS

Ya sólo eres aquella
que tiene la costumbre de ser bella.
Ya pasó la embriaguez.
Pero no olvido aquel deslumbramiento,
aquella gloria del primer momento,
al ver tus ojos por primera vez.
Y sé que, aunque quisiera,
no he de volverte a ver de esa manera.
Como aquel instante de embriaguez;
y siento celos al pensar que un día,
alguien, que no te ha visto todavía,
verá tus ojos por primera vez.

ANTES QUE TÚ

Sonríes, al pasar, con ironía
porque me juzgas un rival vencido…
¡Imbécil! La mujer que has elegido,
antes que fuera tuya, ¡ha sido mía!

En sus labios de rosa bebí un día
la esencia del licor apetecido.
Y tú¿de qué te ríes? ¿qué has bebido?
¡Las sobras de la copa de ambrosía!

Ella probó en mis brazos la ventura.
Para mí fue flor de su hermosura.
¡Yo fui – sábelo bien- su primer hombre!

¿Hoy la posees? No me causa enojos.
Cuando la besas tú, cierra los ojos
y , bajando la voz, dice mi nombre…
(Federico Barreto)

AJENA

Tó mismo me la diste,
Señor, así amorosa, caritativa y buena:
pero hay en mi ser algo profundamente triste,
porque cuando tan cerca de mí la condujiste
pra que me mirara, ya había sido ajena.

Tú mismo me la diste, Señor, en una hora
de infaustos abandonos. Consoladoramente,
cual se hace con un niño que protección implora,
me refugió en sus brazos y me besó en la frente.

Mas todo, todo en vano. Ya había sido ajenos
sus crenchas, casi azules, sus labios y sus senos:
Su acento, que semeja clarísimo y sonoro,
un gran cristal polífono bajo una lluvia de oro.

Y, sobre todo aquello, sus manos perfiladas
y sugestionadores, y sus pupilas quietas,
dos hondas e increíbles pupilas, circundadas
por dos inverosímiles jardines de violetas.

Mi alma-¡pobrecilla!- dolientemente evoca
el hondo dolor de esos
instantes de tristeza y amor, en que mi loca
boca desatinada creyó hallar en su boca
la huella de otros labios y el rastro de otros besos.

Tú mismo me la diste,
Señor, así amorosa, caritativa y buena:
pero hay en mi ser algo profundamente triste,
porque cuando tan cerca de mí la condujiste
para que me mirara, ya había sido ajena.
(José Luis Castillo)

POR CELARTE TANTO

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón,
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino; ella, por otro;
pero, al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?
y ella dirá: ¿por qué no lloré yo?
(Gustavo A. Bécquer)

NO NACIÓ LA MUJER PARA QUERIDA

No nacío la mujer para querida,
por esquiva, por falsa y por mudable;
y porque es bella, débil, miserable,
no nació para ser aborrecida.

No nació para verse sometida,
poeque tiene carácter indomable;
y pues prudencia en ella nunca es dable,
no nació para ser obedecida.

Porque es flaca no puede ser soltera,
porque es infiel no puede ser casada,
por mudable no es fácil que bien quiera.

Si no es, pues, para amar o ser amada,
sola o casada, súbdita o primera,
la mujer no ha nacido para nada.
(Mariano Melgar)

CELOS

Cuado tengo de todo, vida mía,
del negro rizo que en tu frente ondea,
de la luz que en tus centellea
como en los cielos el fulgor del día.

De la vega sonrisa de alegría
que entre tus labios de carmín serpea,
de la aurora esplendente que la idea
enciende en tu abrasada fantasía.

Del aire que embalsamas con tu aliente,
del oculto y lascivo pensamiento
que la fiebre en tus venas agiganta.

Y hasta celoa tedré de mi acerado
magnífico puñal, cuando clavado
lo mire hasta su cruz en tu garganta.
(Arturo Reyes Aguilar)

TENGO CELOS

Tengo celos,¿no sabes?…Tengo celos
de todas las mujeres que haz amado:
de las bocas en flor, donde haz saciado
la locura de todos tus anhelos.

En mis lúgubres noche de desvelos,
me atormenta el recuerdo despiadado,
mientras mi corazón apasionado
quiere en vano luchar con sus recelos.

Cuando poso en tu faz mi boca ardiente
me parece que cruzaran por tu frente
las risueñas visiones del pasado.

Odio entonces tus brazos vigorosos
y aborrezco tus ojos luminosos,
donde tantas pupilas se han mirado.

Rosario Sansores
(México)