¿Qué es el amor?

La palabra amor es polisémica, tiene muchos significados, y además puede estar dirigida a “objetos” muy diversos, decimos con ella cosas tan dispares como “hacer el amor”, “amor a la patria” y “amor a Dios”. Estamos pues, obligados a delimitar el tema. Hablaremos del amor en tres facetas: erotismo, enamoramiento y amor propiamente dicho. Se corresponderían con tres niveles ascendentes de sentimientos: los sentimientos sensoriales, los vitales y los psíquicos.
Eros, en la mitología griega, es el más antiguo de todos los dioses porque no tiene ni padre ni madre. Así lo dice Platón en ‘El banquete’ cuando Fedro expone su discurso en aquella reunión. Lo mítico esconde siempre una significación profunda y en este caso se sugiere que Eros está en el origen de todo, sería una especie de potencia universal. Sin entrar en detalles, la mayoría estaremos de acuerdo que el erotismo, la atracción sexual instintiva entre un hombre y una mujer es el principio y la causa de la generación. Existimos por Eros, existimos por amor.

Este amor sensorial, erótico, ha mantenido siempre, al menos en nuestra cultura, una posición problemática. Por un lado ha sido demonizado, tachado de impuro, considerado enemigo del alma —recuerdo aquello que me enseñaron a recitar de pequeño, cuando aún en mi inocencia no podía entender su significado: “Los enemigos del alma son tres: el mundo, el demonio y la carne”—. Por otro lado, ha sido ensalzado, considerado esencial y prioritario para la salud psíquica y la felicidad —sólo hay que recordar al viejo Freud y su psicoanálisis que tanta influencia sigue ejerciendo—. Creo que ha ocurrido lo que tantas veces, hemos pasado de un extremo al otro por la maldita ley del péndulo. Lo que está por llegar es el equilibrio, la síntesis, la mesura, la distancia adecuada.

El erotismo, como todo lo placentero, puede convertirse en objeto de adicción. Y la adicción es siempre limitadora, merma nuestra libertad y condiciona negativamente nuestro crecimiento como personas. Hay una adicción al sexo que es toda una patología en ascenso y que padecen cada vez más individuos en nuestra sociedad. Y hay un pansexualismo cultural que banaliza todo el amor y que es toda una patología social. Es obvio que el erotismo, el “amor” exclusivamente sensual, puede darse solo, sin que se acompañe de otro tipo de amor, esto es, sin que haya enamoramiento, ni amistad, ni mucho menos espiritualidad alguna. Pero también resulta obvio que el erotismo puede integrarse con los otros tipos de amor, y cuando esto ocurre es más, mucho más. Nuestra sociedad al fomentar desmesuradamente el erotismo tiende a la disociación del amor. Esto es mucho más fácil de encontrar en los hombres, lo que probablemente obedezca a razones de toda índole, incluidas las biológicas. Creo que en las últimas décadas, por un mal entendido afán de igualación, muchas mujeres caminan desgraciadamente por el mismo derrotero.

¿Qué locuras se hacen por amor?

Un marido ha donado un riñón a su esposa con la que estaba casado desde hace 27 años. El hombre viendo como la salud de su mujer iba decayendo, debido a sus problemas renales y a estar sometida a diálisis desde hace años, decidió ofrecer su riñón para aliviar sus males. La pareja era compatible al 99% y el trasplante se pudo llevar a cabo con éxito.
La reflexión que nos sugiere esta noticia es ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por amor? ¿Cuántas locuras se hacen en nombre del amor? La literatura y la historia nos ofrecen numerosas muestras. La renuncias al trono son un ejemplo, como el caso de Eduardo VIII, tío de Isabel II de Inglaterra, que renuncia al trono por casarse con Wallis Simpson, una señora norteamericana dos veces divorciada que, en aquella época, no cumplía los exigentes requisitos para ser reina consorte. En su mensaje de despedida hace referencia explicita al amor como la causa de su renuncia: ….”podéis creerme si os digo que me ha resultado imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones como Rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo”. En este caso no sabemos si esa prueba de amor fue una renuncia o una sabía elección; los Duques de Windsor, que así se les conocía, vivieron de fiesta en fiesta en París, lejos de las responsabilidades y encorsetamiento de la corte.

Recordamos el caso de un hombre enamorado que hacía la vista gorda a la infidelidad de su mujer. A pesar de que esa infidelidad había dado sus frutos y contaba entre su progenie con una hija producto de los escarceos de su mujer con un monitor del gimnasio. El buen hombre decía: cómo no voy a saber que no es mi hija, si cuando se quedó embaraza hacía meses que no hacíamos el amor. Sin embargo, de este tema nunca se hablaba en la pareja; siguiendo la tendencia de que si las cosas no se nombran, no existen.

Dejando de lado estos heroicos episodios, son muchas las personas que han vivido y viven sus pruebas de amor. Cotidianas, sencillas, entrañables, los amantes hacen cosas motivados por los sentimientos amorosos. Según Stendhal los enamorados se someten a pruebas de amor para cerciorarse de los sentimientos del amado. Harías eso por mí, es palabra mágica que ensalza la autoestima del amado. Sin embargo, según Stendhal, las pruebas de amor no son tan aleatorias; los amantes saben intuitivamente hasta dónde llega el sacrificio del amado, de forma que, si no quieren que la relación se rompa, no piden ninguna prueba de amor que no esté al alcance del amado.

¿Qué has estado dispuesto a hacer por amor? ¿Qué pruebas de amor te han dado? ¿Qué pruebas de amor, tuyas o de otras personas, recuerdas?